Crónicas de la amazonía serrana II. Una ciudad a la que nadie llegó para quedarse

Durante meses, la autora recorrió Madre de Dios haciendo una misma pregunta: "¿De dónde eres?". Las respuestas revelan una región construida por sucesivas migraciones, donde miles llegaron buscando oportunidades y terminaron encontrando un hogar. Una reflexión sobre identidad, pertenencia y el significado de quedarse.
CRÓNICA DE UNA AMAZONÍA SERRANA

Hay una pregunta que terminé haciendo casi todos los días desde que llegué a Madre de Dios: ¿de dónde eres? Pensé que encontraría una respuesta repetida, pero casi siempre venía de lejos: Cusco, Puno, Lima, Ucayali, Apurímac, incluso Bolivia. Después de varios meses noté algo que no imaginé al principio: conocer a alguien cuyos padres también hubieran nacido en Madre de Dios se había vuelto la excepción, no la regla.

La historia de esta región no empieza en Puerto Maldonado. Empieza antes, en otros pueblos, otras ciudades, otras familias que por distintas razones terminaron llegando hasta aquí.

—¿Por cuántos meses te quedas, prima? —me preguntó un primo apenas llevaba un par de días en Puerto Maldonado.

—Seis meses.

—Ya veremos. Aquí la gente viene para quedarse.

Pensé que exageraba. Después escuché la misma idea una y otra vez. Una amiga que había llegado por unos meses seguía viviendo aquí varios años después: cada vez que volvía a Cusco extrañaba el calor de Puerto Maldonado y ya no soportaba el frío de su ciudad. A mí me pasó algo parecido: terminé acostumbrándome a un calor que, al llegar, me parecía imposible de soportar.

Con el tiempo entendí que la pregunta «¿de dónde eres?» casi siempre venía con otra historia detrás. El director de un trabajo anterior era cusqueño. El coordinador había llegado desde Lima. La casera del mercado era de Cusco. La señora que vende aguajina, de Puno. En casi todas las conversaciones aparecía una historia de migración, y casi siempre también una palabra que no esperaba encontrar tan seguido: gratitud.

Un día mi tía María me dijo:

—Yo soy de aquí.

Me reí.

—No, tía. Tú eres del Cusco.

Me miró sonriendo.

—No. Yo me considero de aquí.

Llegó siendo una niña y lleva más de cuarenta años viviendo en Madre de Dios. Ya no soporta el frío cusqueño, me dijo; cuando no está en Puerto, lo extraña. Días después un primo me repitió casi lo mismo: que no puede estar mucho tiempo fuera de la ciudad.

Ahí empecé a hacerme una pregunta que todavía no logro responder del todo: ¿cuándo se deja de ser migrante? Hasta ese momento mi respuesta parecía sencilla —madredeusino era quien había nacido aquí, de padres y abuelos nacidos aquí, como suele pasar en Cusco, donde la mayoría venimos de familias con generaciones en la misma región—, pero mientras más gente conocía, más difícil me resultaba sostener esa idea. Decidí preguntar directamente.

David nació en Madre de Dios hace veinticuatro años. Su padre llegó desde Sicuani con toda su familia; su madre vino desde una comunidad cercana a Urcos porque una hermana ya trabajaba aquí. Le pregunté si sus padres pensaban quedarse.

—Mi mamá no. Yo diría que se quedó por amor.

¿Y él, se considera madredeusino?

—Sí. Es un orgullo.

La historia de Rafael empieza incluso antes de que él naciera. Su padre migró desde Grau, en Apurímac; su madre, desde Santo Tomás, en Chumbivilcas. Llegaron buscando trabajo cuando todavía se entraba a Madre de Dios por Paucartambo. Rafael nació en Salvación, estudió varios años en Cusco y alguna vez pensó volver definitivamente. Aguantó tres meses.

—Las oportunidades allá son pocas. Aquí la ganancia es más rentable.

Volvió a Madre de Dios y no se fue más.

Germán llegó desde Pucallpa en 1998, para un trabajo que en teoría duraría diez meses. Han pasado más de dos décadas: aquí formó una familia, aquí nacieron sus hijos. Antes de despedirnos me dejó una frase que resume buena parte de la historia reciente de la región:

—En todos sus ríos hay oro, y por eso mucha gente ha migrado.

No hablaba solo de minería, sino de un territorio que durante décadas atrajo gente en busca de una oportunidad.

Samner es de otra generación. Sus padres son de Pucallpa, pero él nació y creció en Puerto Maldonado.

—Mis padres son de Pucallpa, pero yo no me siento de Pucallpa. Me considero de acá. Esta es mi tierra.

Su respuesta me dejó pensando que la migración tal vez no termina cuando alguien decide quedarse, sino cuando sus hijos dejan de sentirse de otro lugar.

Las cifras acompañan esta impresión: según el Censo Nacional de 2017, el 40,3 % de las personas que viven en Madre de Dios nacieron en otro departamento del país. Casi la mitad proviene de Cusco, seguido por Puno, Lima y Apurímac. Ayudan a entender el fenómeno, pero no alcanzan para explicarlo del todo.

Por cosas de la vida pasé casi un año sin volver a Madre de Dios. La última vez, antes de irme, caminé hasta la plaza Grau. Frente a ella corría el río Madre de Dios y, al fondo, el puente Billinghurst cruzaba hacia El Triunfo. Me quedé varios minutos mirando el río, pensando que probablemente no volvería.

Me equivoqué. Casi un año después, de viaje fuera del país, recibí la llamada de alguien con quien había trabajado años atrás. En ese momento tenía un buen trabajo en Chumbivilcas y nunca pensé en dejarlo. La propuesta significaba volver a Puerto Maldonado. Lo pensé varios días. Mis papás no querían que regresara; algunos familiares tampoco.

—¿Lo has pensado bien?

Yo también me hice esa pregunta, y entendí que mi respuesta no era solo el trabajo. Quería volver a trabajar por los bosques, sí, pero también quería recorrer Puerto Maldonado en moto al caer la tarde, las parrillas de los fines de semana, ese calor que antes me parecía insoportable. Y esa mezcla de culturas que se refleja hasta en la mesa: en Puerto Maldonado un mismo menú puede reunir un tacacho amazónico, un tarwi cusqueño, una parrilla brasileña o un chilcano de paco. Como la gente que vive aquí, la ciudad también parece construida a partir de muchos lugares distintos.

Ahí la conversación con mi primo dejó de sonarme exagerada. Hace cuatro años respondí que me quedaría seis meses. Hoy, si alguien volviera a preguntarme cuánto tiempo pienso quedarme, ya no sabría qué responder. Quizá porque mi primo tenía razón. O quizá porque, sin darme cuenta, yo también terminé quedándome.

Sobre la autora

Gledy Carolina Monzón Villavicencio es comunicadora cusqueña, especialista en comunicación para el desarrollo y sostenibilidad. Ha liderado estrategias comunicacionales, campañas de incidencia política y ambiental, y procesos vinculados a territorio, sostenibilidad y carbono forestal (REDD+).

Ha trabajado junto a comunidades rurales, organizaciones locales y cooperativas forestales, facilitando procesos participativos y fortaleciendo el diálogo con enfoque territorial y ambiental.

Su escritura explora las tensiones, contradicciones y oportunidades que atraviesan la Amazonía peruana, el territorio y las dinámicas sociales del sur del país.

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