Crónicas de la amazonía serrana

Antes de conocer Puerto Maldonado, ya había aprendido a tenerle miedo.
Crónicas de una amazonía serrana
Imagen generada con IA

Llegué por primera vez a Puerto Maldonado a los 24 años, por trabajo, como casi todos los que llegan aquí, cargando muchos estigmas sobre esta ciudad.

Sabía que hacía calor, aunque nunca imaginé cuánto. Pero el prejuicio no venía solo del clima.

Recuerdo haber odiado esta ciudad incluso antes de conocerla. Un amigo muy querido llegó aquí por unos meses, enfermó de tuberculosis y murió poco después, tras ser trasladado a Cusco. Años antes, el hijo recién nacido de una prima también murió en el hospital Santa Rosa, pocas horas después de haber llegado al mundo. Nunca hubo una explicación clara. Solo dijeron que tenía el corazón demasiado grande.

Madre de Dios es una de las regiones más extensas y biodiversas del Perú, pero también una de las más golpeadas por el abandono estatal. Lo entendí aún más tiempo después, cuando me tocó coordinar una campaña de comunicación junto a la Dirección Regional de Salud y descubrí, desde dentro, un sistema profundamente precarizado.

Quizá estas primeras líneas suenen a crítica. Y tal vez lo sean un poco. Pero, contra todo pronóstico, terminé enamorándome profundamente de esta región.

Puerto es una ciudad peligrosa. Eso lo entendí rápido.

“Tierra de nadie”, dicen algunos.

“Allá te desaparecen y nunca te encuentran”, dicen otros.

Y aunque muchas veces esas frases parecen exageraciones, en Madre de Dios el miedo suele construirse a partir de historias reales.

El hijo de mi tía María —nombre que cambiaré por discreción— desapareció en Puerto hace muchos años. Nunca lo encontraron.

Recuerdo a mi mamá hablando de ella con tristeza.

“Desde entonces ya no volvió a ser la misma”, me decía.

Conocí poco a la tía María. Apenas algunas reuniones familiares antes de su fallecimiento. Murió sin saber si su hijo estaba vivo o muerto, atrapada en una búsqueda interminable que terminó consumiéndola.

Con el tiempo entendí que muchas de estas historias no podían separarse del contexto que atraviesa Madre de Dios: minería ilegal, trata de personas, crimen organizado y ausencia del Estado.

La Pampa quizá representa mejor que ningún otro lugar esa sensación.

Nunca he bajado allí. He pasado muchas veces por la carretera Interoceánica, entre los kilómetros 98 y 115, observando desde lejos ese territorio instalado en plena zona de amortiguamiento de la Reserva Nacional Tambopata.

Pero nunca me atreví a entrar.

Tal vez por miedo.

Tal vez por todas las historias que escuché sobre ese lugar.

No llevaba ni seis meses viviendo aquí cuando dos hombres me apuntaron con un arma para robarme. Había comprado una moto apenas unos días antes, después de mucho trabajo, y esa noche esperaba afuera del garaje donde iba a guardarla. Eran cerca de las diez.

Recuerdo perfectamente el sonido de la otra moto estacionándose a mi lado.

Dos hombres.

Uno bajó.

Todo pasó demasiado rápido. Empezó a forcejear conmigo para quitarme la moto y la mochila. Yo no sé si fue terquedad, miedo o rabia, pero no me dejé. Grité. Grité con una fuerza que no sabía que tenía.

Hasta que vi el arma.

Ahí el cuerpo entiende cosas antes que la mente.

Sentí cómo las piernas se me vaciaban. Solté la mochila, pero seguía aferrada a la moto. Supongo que porque me había costado demasiado tenerla. Supongo también que porque una parte de mí todavía no terminaba de aceptar que eso realmente me estaba pasando.

Mis gritos terminaron espantándolos.

Después supe que incluso se habían quedado sin gasolina mientras escapaban. Un policía que acababa de salir de turno me escuchó y salió corriendo detrás de ellos, sin zapatos y sin polo. Logró atrapar a uno: un chico de 19 años que, según me dijeron después, ya había robado antes.

Desde entonces me quedaron algunos miedos. Pero creo que el trauma más grande se lo llevaron mis padres. Hasta hoy, años después, una de sus preocupaciones silenciosas sigue siendo que algún día ese muchacho salga de prisión y quiera buscarme.

Dos meses después de ese asalto tocaron la puerta de la habitación donde vivía entonces.

Era la mamá de una compañera de trabajo a la que llamaré Juana.

Recuerdo perfectamente su cara. Estaba desesperada. Apenas podía hablar.

“Le dispararon al joven que la llevaba”, me dijo.

Esa tarde, Juana había salido del banco después de retirar cerca de diez mil soles para unos talleres que realizaríamos al día siguiente. En muchos lugares a los que iríamos no aceptaban tarjetas, así que debía llevar el dinero en efectivo.

Salió del banco y tomó una moto lineal cualquiera. La manejaba un joven cusqueño de apenas 19 años que meses antes había ingresado a la Universidad Nacional Amazónica de Madre de Dios. Seguramente trabajaba para sostenerse. Seguramente también soñaba con muchas cosas.

No habían avanzado ni dos minutos cuando otra moto, con dos hombres, se les acercó.

Todo ocurrió en movimiento.

Un disparo salió durante el asalto y terminó impactándolo a él.

A veces pienso en eso: un chico migrante, como yo, como tantos que llegan a Puerto Maldonado buscando una oportunidad, terminó muriendo por cruzarse unos segundos con la violencia equivocada.

Ya pasaron casi cuatro años desde entonces. Hasta donde supe, nunca encontraron a los responsables.

Se llevaron el dinero y las cosas materiales.

Pero, sobre todo, se llevaron la vida y los sueños de alguien que no tenía nada que ver con todo eso.

No tenía ni 12 años cuando acompañé a mi mamá a dejar unos avisos de trabajo.

Todavía existían esos lugares donde las personas pegaban convocatorias laborales en las paredes y otras llegaban buscando cualquier oportunidad para trabajar.

Mientras mi mamá buscaba un espacio para colocar su anuncio, yo me entretenía leyendo cada papel pegado alrededor.

Entonces una mujer se me acercó.

Debía tener unos cuarenta años. Me ofreció trabajo en Puerto Maldonado y empezó a insistir.

“Es para que trabajes en un restaurante”, me repetía.

Yo era una niña, pero ya había escuchado historias sobre cómo operaban estas personas.

Recuerdo el miedo.

Recuerdo también la insistencia con la que seguía hablándome, hasta que vio acercarse a mi mamá y se alejó.

Años después entendí que esa escena probablemente no había sido casual.

En Madre de Dios, la trata de personas está profundamente vinculada a economías ilegales como la minería aurífera y la tala. Muchas niñas y jóvenes llegan bajo falsas ofertas de trabajo, empujadas por la pobreza, la necesidad o, simplemente, la falta de opciones.

La primera vez que pasé por la Alameda tampoco entendía del todo lo que veía.

Había mujeres de distintas edades afuera de puertas y bares. Algunas parecían adolescentes; otras eran mayores. Muchas estaban maquilladas, usando ropa diminuta en el calor sofocante de Puerto Maldonado.

Algunos niños jugaban alrededor suyo con absoluta normalidad.

“No las mires”, me dijo el amigo con el que caminaba esa tarde.

Después entendí.

Y también entendí que muchas de esas mujeres probablemente habían llegado engañadas, muchas desde la sierra peruana, como yo.

Nunca me atrevería a juzgarlas.

No sé qué historias cargan encima. No sé cuánto dolor, cuánta violencia o cuánta necesidad las llevó hasta allí. Ni siquiera sé si son realmente libres.

Durante mucho tiempo pensé que estaba viendo problemas separados.

El asalto.

El asesinato del joven cusqueño.

Las mujeres de la Alameda.

Las historias sobre desapariciones y trata de personas.

El miedo alrededor de lugares como La Pampa.

Después entendí que casi todo terminaba cruzándose en el mismo punto.

Pero reducir Madre de Dios únicamente a esa violencia también sería injusto.

Porque quizá una de las mayores contradicciones de este lugar es que, incluso con todo eso, termina siendo profundamente difícil no amarlo.

Esta región también es otra cosa.

Es probablemente uno de los lugares con más migrantes del país. Una ciudad que recibió gente de todas partes y terminó cambiándole la vida a muchos. Una Amazonía serrana, atravesada por acentos cusqueños, puneños, arequipeños y amazónicos, mezclándose todo el tiempo. Gente que llegó buscando trabajo, oportunidades o simplemente empezar de nuevo.

Puerto Maldonado también es una ciudad cálida, a veces demasiado, donde la selva termina atrapándote. Los árboles inmensos, las quebradas que refrescan y el olor a tierra mojada después de la lluvia.

Hay algo profundamente vivo aquí.

Y quizá por eso mismo todo resulta tan doloroso.

Porque también existe otra contradicción difícil de ignorar: la minería sostiene económicamente a gran parte de Madre de Dios.

No solo a quienes trabajan directamente en ella, sino también a comerciantes, restaurantes, hoteles, transportistas, pequeños negocios y cientos de familias que dependen indirectamente de ese movimiento económico.

Quizá por eso hablar de minería aquí nunca es sencillo.

Porque el problema no puede reducirse únicamente a “bosque versus desarrollo”.

En Madre de Dios, muchas veces la supervivencia también entra en disputa.

Trabajar en comunicación ambiental aquí me obligó a entender eso muy rápido. Entender que hablar de deforestación no era solamente hablar de árboles cayendo, sino también de desigualdad, migración, abandono estatal, economías ilegales y personas intentando sobrevivir en medio de todo ello.

Quizá por eso decidí empezar a escribir sobre Madre de Dios.

Porque aprendí que la Amazonía no solo se escucha en el sonido de los pájaros o en el río después de la lluvia.

También vive en sus silencios.

En sus ausencias.

En el miedo.

En las personas que llegaron buscando una oportunidad y terminaron atrapadas por distintas formas de violencia.

Y porque, incluso con todo eso, sigue siendo uno de los lugares más profundamente vivos que he conocido.

Sobre la autora

Gledy Carolina Monzón Villavicencio es comunicadora cusqueña, especialista en comunicación para el desarrollo y sostenibilidad. Ha liderado estrategias comunicacionales, campañas de incidencia política y ambiental, y procesos vinculados a territorio, sostenibilidad y carbono forestal (REDD+).

Ha trabajado junto a comunidades rurales, organizaciones locales y cooperativas forestales, facilitando procesos participativos y fortaleciendo el diálogo con enfoque territorial y ambiental.

Su escritura explora las tensiones, contradicciones y oportunidades que atraviesan la Amazonía peruana, el territorio y las dinámicas sociales del sur del país.

2 respuestas

  1. Una crónica muy real que atrapa, lograste mostrar esas dos realidades que conviven en la Amazonía serrana, por un lado lo duro que puede ser vivir ahí por las adversidades que pasan y por el otro esa riqueza natural tan impresionante que te deslumbra . Y realmente puertito tiene grandes retos, aunque en esa tierra majestuosa encontré el amor y viví casi dos años, el miedo siempre estuvo presente y de alguna forma no me atreví a volver.

  2. Tu relato logra algo difícil: mostrar a Madre de Dios sin romantizarla ni reducirla únicamente a sus problemas. Hablas de violencia, abandono y dolor, pero también de la vida, de las personas y de esa capacidad que tiene esta tierra para quedarse uno. Muchas veces se habla de la Amazonía desde cifras o prejuicios; leer experiencias como esta recuerda que detrás de cada problema hay historias reales y personas que intentan salir adelante. Gracias por hablar de mi tierra.

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