Autora: Marian Verónica Laynes Hancco
Un recorrido narrado por Marian Laynes.
Dejó sus maletas a los encargados de la aerolínea. Era un día cualquiera de 2019 y, en medio de la bulliciosa vida del aeropuerto, se detuvo a observar con calma y la paciencia de quien ha aprendido a esperar. El vuelo hacia Roma saldría pronto, pero cuando Francisca de Jesús León Ángeles y sus compañeros finalmente lo encontraron, monseñor Prevost —o simplemente el padre Roberto, como le decían en Lambayeque— estaba tranquilo, con su característica paciencia, la calma en los ojos y una cruz en el pecho, esperándolos.
Un año antes, en 2018, en una alejada ciudad llamada Eten, en la región de Lambayeque, en el norte peruano, un grupo de devotos —entre ellos Francisca de Jesús León, comunicadora de profesión— se reunía con el entonces monseñor para comenzar una cruzada santa por el milagro que marcó la vida de este pequeño pueblo hace más de 300 años. Ocurrió exactamente el 2 de junio de 1649. Durante la misa de víspera del Corpus Christi, la imagen del Niño Jesús apareció en la hostia consagrada.
Muchos años después, este grupo de fieles se dedicó a recolectar más de 20 mil testimonios de fe que fueron llevados al Vaticano, en Italia.
Era un libro empastado, con letras doradas, y se lo entregaron ese día al padre Roberto en el aeropuerto José Abelardo Quiñones González. “Llegamos corriendo y cansados. Yo misma se lo entregué en sus manos. Lo tomó bajo el brazo y con eso ingresó al avión. No lo guardó en su maleta, tampoco se molestó por la demora ni se inmutó. Él solo nos estaba esperando”, recuerda Francisca. Quién diría que, años más tarde, este mismo hombre, de nacionalidad estadounidense pero peruano por decisión, se convertiría en el papa León XIV, obispo emérito de Roma, de corazón peruano-estadounidense.
Robert Francis Prevost, nacido en los suburbios de Chicago, en Estados Unidos, llegó a Chiclayo entre los años 1980 y 1990. No fue un párroco cualquiera. Con el alma misionera de su congregación agustina y la juventud de su vocación recién ordenada, caminó por todos los pueblitos peruanos para conocer a su rebaño, impregnarse del olor a oveja, como predicaba el papa Francisco.
En 2001 fue elegido prior general de la Orden de San Agustín y dejó a su “querida diócesis”. Años después regresó —en calidad de obispo— a la diócesis de Chiclayo. En ese tiempo, su comunidad fue testigo de un trabajo constante y transformador.
La periodista chiclayana León Ángeles destaca su mayor virtud: la capacidad de escuchar. “Nos recibía en su despacho o en una sala más grande si éramos varios. Hacíamos un círculo y él escuchaba a todos. Luego daba su apreciación”. Según relató el diario español El País, en medio del fenómeno El Niño, cuando los ríos se desbordaron, el obispo no dudó en ir a las zonas más golpeadas. No solo estuvo presente: gestionó módulos de vivienda y coordinó alimentos y colchones para los afectados. Años después, en la pandemia, cuando Chiclayo enfrentaba un pico de contagios, movilizó a su comunidad bajo el lema “Oxígeno para la esperanza”, reuniendo 400 mil dólares en pocas semanas.
Otro de sus legados fue la creación de la Comisión de Movilidad Humana y Trata de Personas en 2018, que atendió a migrantes venezolanos en condiciones de pobreza extrema con comedores solidarios. Uno de ellos, “El Migrante”, funcionó en el puerto de Eten bajo el liderazgo del padre Eleuterio Vásquez. “Abrir esos comedores fue una lucha y un acto de amor. Verlo llegar, coger una olla y servir él mismo la comida eran gestos que mostraban su sencillez”, recuerda Jesús de León. “Saber que ha llorado al ver a migrantes durmiendo en las calles nos hacía sentir que caminaba hacia la santidad”.
Tras la muerte del papa Francisco, el mundo quedó conmocionado. Robert Prevost ahora era cardenal. Ingresó al cónclave junto con los otros 133 cardenales del mundo. El obispo que caminó y se ensució las manos por su pueblo estaba a punto de comenzar la misión más grande de su vida. Esas manos que antes llevaban los testimonios de fe de un pueblo ahora cargan con la responsabilidad del mundo entero.
Francisca de Jesús León, desde la “querida diócesis de Chiclayo”, como él mismo mencionó en su primer discurso ya como el papa León XIV, solo puede desearle lo mejor:
“Ahora, verlo al frente del mundo, queriendo resolverlo todo, me emociona… Nosotros lo que podemos hacer es rezar. No pedirle nada más, sino rezar por él”.
La presente crónica fue publicada originalmente en la Revista Punto y Aparte en 2025, como parte de las actividades académicas de los alumnos de Periodismo de la Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de San Agustín. En esta ocasión, Pancarta.pe apoya con la difusión de los trabajos en coordinación con el jefe de prácticas, Gustavo Callapiña.