Autora: Noelia Nicole Sharie Ramos Zavala
Un recuerdo de Noelia Ramos
La última vez que vi a mi abuela no pareció una despedida. Fue después del almuerzo, una tarde de diciembre. El encuentro era raro: no era una fecha festiva ni nada parecido, pero ella quiso reunirnos a todos. Llegaron tíos que no veía hace meses y se juntó toda la familia. Hubo risas, bromas y mucha alegría.
Mi “abue” era feliz y se notaba.
Por la tarde, cuando todos se fueron, me quedé sola en su casa. Mi abuela se echó a dormir y, sin ella despierta, no tenía ganas de quedarme. Me acerqué a la puerta de su cuarto lentamente; la vi echada, con el control de la televisión en la mano. Me vio y sonrió como siempre.
—Ya me voy, mami, pero te prometo que regreso más tardecito —le dije.
Besé su frente y me fui rápido.
Nunca regresé.
Siempre me arrepentí.
La mañana siguiente de aquel día, escuché que mis padres salían temprano, antes de que saliera el sol. Mi casa estaba en silencio. No había nadie. Era extraño, porque a esa hora mi papá ponía música y mi mamá hacía el desayuno. A las horas me llamaron y me pidieron que fuera a casa de mi abuela con todos mis hermanos. No pregunté por qué, solo fuimos.
Allí la situación no era distinta; tampoco había adultos. Mis primos, mis hermanos y yo esperábamos que alguien llegara. Nadie sabía qué hacer. Los más pequeños empezaron a jugar, otros a dormir. ¿Qué más se podía hacer? Con una llamada al celular me avisaron que mi abuela estaba internada en el hospital. Me pidieron que cuidara de todos porque era la mayor. Tampoco pregunté, así que seguimos en lo mismo.
Cuando la tarde iniciaba, llegaron. No sé cuántos de mis tíos estaban; solo recuerdo a mi mamá. Me llevó al cuarto de mi abuela y, con su voz más dulce, me dijo que falleció. Me eché a llorar al instante. Vi su cama, sus cosas, sentí su olor. Recordé muchas cosas, porque hace unas cuantas horas ella estaba allí, en ese mismo lugar.
Recordé mi promesa, la de regresar… ya era tarde. En el entierro sentí que algo dentro de todos se rompió. No algo que se pueda señalar, sino un hilo invisible que mantenía unida a la familia. Después de eso ya no hubo almuerzos grandes ni tardes de juego en la calle. Cada quien empezó a seguir su propio camino, como si la casa ya no supiera cómo reunirnos a todos de nuevo.
La casa se volvió otra. No fue de inmediato, pero bastó un par de días para que el aire empezara a sentirse distinto. Ya no olía a postre recién hecho ni a comida calentándose para alguien que siempre estaba llegando. La tele ya no estaba encendida. Todo seguía en su lugar, pero nada estaba igual. A veces, cuando entraba, me quedaba parada unos segundos sin saber hacia dónde caminar. Antes era automático: iba a verla, a contarle algo que me había pasado o simplemente a sentarme a su lado. Ahora no había un destino claro. Solo habitaciones donde faltaba alguien y el silencio pesaba más que los muebles.
Mi familia intentó seguir como siempre, pero se notaba que cada uno buscaba la manera de sostenerse. Yo traté de ser fuerte, aunque no sabía bien qué significaba eso. Era la mayor de todos, la primera nieta, la que tenía que mantener a los pequeños distraídos, la que debía ayudar a mi mamá, la que intentaba entender lo que pasaba, aunque por dentro no entendiera nada.
Con los años he vuelto muchas veces a ese momento en su cuarto: mi mano soltándose rápido, mi voz apurada diciendo que regresaría más tarde, su silencio que no alcancé a notar porque ya estaba dando la vuelta para irme. Durante mucho tiempo lo cargué como una culpa absurda, como si una despedida imperfecta pudiera borrar todo lo que vino antes.
Hoy sé que no. Que la despedida verdadera no fue esa. Que nunca lo es.
Mi abuela está en otras cosas: en la forma en que cortó las papas para freírlas, en la paciencia que trato de tener con los demás, en las ganas de ser alguien que haga sentir a otros como ella me hacía sentir a mí. Está en mis diciembres, que siempre llegan con nostalgia, y también en mis pasos cuando voy al cementerio, donde imagino que escucha incluso antes de que yo hable.
A veces le reprocho en silencio que se haya ido sin enseñarme a cocinar, como si eso fuera lo único que nos faltó compartir. O pienso en las cosas que yo no cumplí, como estudiar medicina, y me río sola, como si pudiéramos estar a mano. La extraño, pero ya no desde la rabia ni desde el arrepentimiento, sino desde una especie de cariño que se fue haciendo adulto conmigo.
No pude decirle adiós ese día. No supe hacerlo. Pero ahora entiendo que las despedidas no siempre ocurren cuando creemos, ni en la entrada de una casa. A veces se dicen años después, cuando por fin somos capaces de mirar atrás sin quebrarnos. Y estas palabras, quizás, son eso: el “chau” que nunca terminé de pronunciarle, el que se me quedó atascado aquella tarde. El que por fin me atrevo a darle.
La presente crónica fue publicada originalmente en la Revista Punto y Aparte en 2025, como parte de las actividades académicas de los alumnos de Periodismo de la Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de San Agustín. En esta ocasión, Pancarta.pe apoya con la difusión de los trabajos en coordinación con el jefe de prácticas, Gustavo Callapiña.