Perú: memoria, política y una herida que no cierra

Es difícil mirar la política peruana sin sentir que, en realidad, estamos observándonos a nosotros mismos. Cada proceso electoral parece confirmar que el Perú no es solo un país en crisis política, sino una sociedad atravesada por heridas históricas que aún no terminan de elaborarse.
Perú: memoria, política y una herida que no cierra

La discusión pública suele reducirse a una dicotomía entre derecha e izquierda, cada vez más rígida y empobrecida. Sin embargo, lo que ocurre en el fondo es más complejo. La persistente presencia de figuras como Keiko Fujimori, junto con la irrupción de candidaturas inesperadas como la de Roberto Sánchez —quien es el “Castillo 2.0”—, revela no solo la volatilidad del electorado, sino también una profunda crisis de representación.

En el caso del fujimorismo, su arraigo en sectores rurales —particularmente en el sur andino y en regiones empobrecidas como la selva o parte del norte— no puede explicarse únicamente en términos de manipulación. Existe, más bien, una memoria social compleja en la que conviven experiencias de violencia, abandono estatal y también percepciones de orden asociadas al gobierno de Alberto Fujimori. Esta memoria no es homogénea ni lineal: es fragmentaria, contradictoria y, muchas veces, silenciosa.

En ese mismo registro se inscribe la dificultad para procesar episodios como las esterilizaciones forzadas. No se trata solo de desconocimiento, sino de una tensión entre recordar y sobrevivir, entre nombrar el dolor y continuar con la vida cotidiana en contextos aún marcados por desigualdad estructural.

Lo preocupante es que estas fracturas históricas no solo se expresan en el voto, sino también en el lenguaje. La facilidad con la que circulan términos como “terruco” o “rojo” evidencia una normalización de la violencia simbólica, incluso entre sectores que comparten condiciones similares de precariedad. En ese sentido, la polarización no es únicamente ideológica: es también social y cultural.

Por otro lado, resulta insuficiente atribuir la crisis a un solo sector político. Desde posiciones conservadoras, es evidente la persistencia de agendas centradas en la defensa de intereses económicos antes que en la reducción de desigualdades.

Y los de izquierda, que muchas veces solo utilizan la careta del pueblo con fotos de personas campesinas, prometiéndoles cosas que no van a cumplir y llegando al poder para olvidarlos.

Sin embargo, hay elementos que invitan a una lectura menos pesimista. Las generaciones más jóvenes, con mayor acceso a educación e información, parecen desarrollar una relación distinta con la política. No necesariamente más optimista, pero sí más crítica. En ese espacio emergen intentos por construir alternativas que escapen a la lógica binaria tradicional y apuesten por formas más equilibradas de democracia.

A pesar de ello, persisten obstáculos significativos: el clasismo, el racismo y la exclusión siguen operando como estructuras que condicionan tanto la participación política como la vida cotidiana. En este contexto, la aparente indiferencia de muchos ciudadanos —expresada en frases como “no importa quién gane”— no debería leerse únicamente como desinterés, sino también como síntoma de una desconexión profunda entre el sistema político y las necesidades reales de la población.

Este escenario pone en evidencia una carencia fundamental: la débil formación en educación cívica y política. Sin herramientas para analizar críticamente la realidad, resulta difícil construir una ciudadanía capaz de sostener procesos democráticos más sólidos.

Por ello, el desafío no es menor. Implica repensar la manera en que enseñamos la historia, no como un relato único, sino como un campo de disputas que requiere ser abordado con rigor, pluralidad y sentido crítico.

El Perú, en efecto, muestra signos de cambio. Pero se trata de un proceso desigual, atravesado por tensiones no resueltas. Quizá la pregunta más pertinente no sea cuánto tiempo tomará sanar, sino qué estamos dispuestos a hacer —como sociedad— para enfrentar nuestras propias contradicciones.

Sigamos remando en la sangre de este país herido llamado Perú.

Sobre la autora:

Guadalupe Victoria Estofanero Zúñiga (Chaska) es escritora, guionista, dramaturga y directora escénica peruana, creadora de proyectos que dialogan con la memoria, la espiritualidad andina y las prácticas comunitarias del altiplano puneño. Es fundadora y directora de la Asociación Cultural Chaska Ñawi, plataforma dedicada a la creación artística, el registro sonoro y la formación cultural con enfoque territorial.

Ha desarrollado obras escénicas como Layqa y los mundos ocultos y El legado de ellas, ganadoras de Estímulos Económicos del Ministerio de Cultura, con giras nacionales e internacionales. En el ámbito sonoro, creó el podcast Ella es de Papel, reconocido por su trabajo de registro comunitario. En cine, es creadora del piloto de serie PAQASQA y del cortometraje Alma vieja, ambos premiados. Además, es ganadora del fondo Iberescena.

Su trabajo ha circulado en Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Colombia, articulando arte, territorio y comunidad como eje central de creación.

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