La geografía del buen gusto. ¿Quién decide qué música se ve bien?

La cumbia sureña, Los Puntos del Amor, Los Ronisch, Grupo Sociedad y otros exponentes que deberíamos voltear a ver.
La cumbia sureña, Los Puntos, Los Ronisch, Grupo Sociedad y otros exponentes que deberíamos voltear a ver.

Hay cosas que ahora nos parecen bonitas porque ya no nos incomodan. La estética chicha, por ejemplo.

Hoy es fácil quererla. Con sus colores fosforescentes, tipografías inventadas, degradados neón, estrellas, corazones y fotografías saturadas, la chicha ya tiene exposiciones, libros, diseñadores que la estudian y marcas que la convierten en identidad visual.

Y como no hacerlo gracias a Los Shapis, Chacalón, y demás que son (personal y universalmente) auténticas leyendas.

Pero ¿qué pasa con los hijos de la chicha? 

Porque mientras la chicha ya consiguió entrar al museo, parece que sus descendientes todavía siguen intentando entrar por la puerta de servicio que todos ignoran.

Hablemos de la cumbia sureña.

La cumbia sureña no es simplemente “cumbia hecha en el sur”. Es una escena musical que se consolidó desde los años noventa, especialmente alrededor de Puno, Juliaca, y parte importante de Bolivia (ya no hablamos de un género nacional, sino de uno que como pocos, traspasa fronteras nacionales) y que mezcla cumbia, huayno, tecno y cultura popular andina.

Muchos sintetizadores, muchas cajas de ritmos, muchos riffs de guitarras eléctricas y mucho sentimiento.

Mucho sentimiento sobre todo.

Porque si la cumbia norteña puede hablar de amor, la del sur nos muestra la otra cara del romance: el abandono, la infidelidad, el alcohol, la pobreza y migración, la familia, el machismo, y hasta la humillación. Es decir, el amor como una tragedia social.

Hay una diferencia que me parece particularmente fascinante entre la cumbia norteña y la sureña: la imagen que construyen de sí mismas.

La cumbia norteña entendió muy bien que para entrar al imaginario mainstream había que verse bien. Y esto quizás es debido a las grandes oportunidades que ha tenido por ejemplo Grupo Cinco. Una imagen sobria, ellos con terno, orquestas profesionales, presentaciones elegantes, videoclips profesionales impecables, guiones y actores.

Mientras que la cumbia sureña tomó el otro camino, ternos de colores fosforescentes, brillantes, cabellos negros teñidos a rubio, lentes de contacto, piercings, casacas de cuero, videoclips con transiciones en 3D y tipografias de WordArt como atrapadas en el 2000.

La cumbia sureña a diferencia de la norteña, no intenta borrar el lugar donde fue hecha. En los videos de Los Puntos del Amor, por ejemplo, puedes encontrar a los músicos vestidos con trajes rojos y casacas de cuero, bailando delante del letrero que dice “Juliaca”, caminando entre mercadillos callejeros con letreros de “Gran Remate” o “Videocine”, comprando en carretillas de comida reales (no hay actores, solo la gente que tuvo la suerte de pasar ese dia por la plaza) o posando junto a una gigantografía de Shrek. No como metáfora. Simplemente Shrek.

Todo entra. Nada parece necesitar permiso para estar dentro del encuadre.

Aquí la fantasía es simplemente: hacer del lugar donde estás, un escenario. Porque mientras la publicidad hoy en día intenta controlar todo lo que aparece en las pantallas, estos videos parecen decir “mira todo lo que hay”. Y esa sinceridad hoy en día es tan escasa y anárquica, que hasta parece irreal.

En un videoclip más antiguo los Puntos del Amor llegan a Lima, la capital aparece casi como otro mundo. Admirando el hotel Sheraton, la playa y haciendola suya una vez mas, colocando a las bailarinas con bikinis de lentejuelas y botas taco doce hasta los muslos.

La capital no es una promesa ni un fin, es otro viaje más para ellos.

En los videos de Grupo Sociedad y de los Ronisch aparecen los mismos principios llevados a otro nivel, trajes extremadamente brillantes, patrones de leopardo, texturas psicodélicas y dobles teclados (hasta triples).

Muchas veces se habla de la cumbia sureña como si fuera una música “provinciana”, cuando visualmente está obsesionada con la tecnología. Sintetizadores, cajas de ritmos, efectos digitales, chromas. Un abrazo al futuro que no parece importarle mucho a otros géneros.

Y cuando miramos estas imágenes desde el presente, pienso ¿Cuándo una estética deja de ser llamada “huachafa” y se convierte en diseño de autor?

¿Cuándo cambia el público? ¿Cuándo cambia el precio? ¿Cuando la imprime una galería? ¿Cuando la utiliza una marca? ¿Cuándo un diseñador la reproduce? ¿Cuando un europeo dice que es “brutal”? ¿Cuando conseguimos explicarla con suficientes palabras para que deje de parecer un accidente?

¿O cuando deja de pertenecerle la gente que la creó?

Porque hay algo curioso en la historia reciente de la estética chicha: Primero se la desprecia. Después se la estudia, se la exhibe, luego se la reproduce y finalmente se la llama tendencia.

Es una transformación bastante conveniente.

Primero: “qué huachafo.” Después: “qué interesante estética popular.” Finalmente: “qué cool”.

La cumbia sureña todavía está en ese lugar incómodo. No porque carezca de público, todo lo contrario, en Juliaca, Puno y el circuito del altiplano existe una industria, llena de radios, escenarios, agrupaciones y públicos enormes. Es marginal en un sentido mucho más extraño, porque es masiva y, al mismo tiempo, culturalmente deslegitimada.

Y ahí la geografía importa.

Porque quizá el problema nunca fue que la cumbia sureña no se viera bien, quizá el problema es desde dónde la estamos mirando.

Hay música que llega a Lima y se convierte en hits nacionales. Y hay música que, aunque llene escenarios internacionales enteros, siguen siendo llamadas “de provincia”, “de borrachos”, “de indios” como bien menciona Bruce Quispe en su tesis que ahonda más en el tema.

La cumbia sureña no necesita ser legitimada, lo que merece ser interrogado es por qué nosotros necesitamos legitimarla.

Porque ese “demasiado” que tanto incomoda no es un defecto, sino la forma visual de una cultura que nunca tuvo que esperar a que alguien le explicara cómo debía verse.

Brilla mucho Cumbia Sureña, vístete de colores, lentejuelas, siente mucho, haz los guiños que se te dé la gana a la cultura pop, no hagas caso a nadie (ni a mi). Porque al final de cuentas ¿Quién decide qué música se ve bien?

Sobre la Autora:

Vanessa Begazo López (Arequipa, Perú) más conocida como La Perra Negra, es comunicadora social, diseñadora, ilustradora y artista visual. Su trabajo cruza el arte contemporáneo, la ilustración y la video-poesía experimental, con una estética realista-tercermundista e hyper-sensible influenciada por el punk, los videojuegos, el anime y la cultura pop. Ha trabajado como diseñadora para McCann y actualmente forma parte del Estudio Provincia. Se especializa en ilustración para bandas y proyectos musicales, y ha sido ganadora de premios nacionales e internacionales en ilustración. Desarrolla videopoemas y performances presentados en festivales y espacios culturales, destacando su participación en el Hay Festival Arequipa 2025 con la performance Oda a los doteros, oda a nadies. En 2024 fue coautora del libro Ser comunicadora: 20 voces de la comunicación. Su obra explora la fragilidad humana desde una mirada contemporánea, con una identidad hyper-latina, visceral y profundamente emocional.

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