Punto y Aparte. Grupal. Un trabajo individual de David Mendez

Entre grupos de WhatsApp, reuniones que nunca se concretan y trabajos que terminan de madrugada, la universidad enseña una lección silenciosa: trabajar en grupo pone a prueba la paciencia, el carácter y los límites personales. Una experiencia común que trasciende las aulas y se replica en la vida adulta.

Autor: David Ricardo Mendez Puma

Trabajar en grupo es horrible. Esa fue una de las primeras lecciones que me dejó la universidad en primer año. Nunca fui a terapia, pero estoy seguro de que aprendí más de paciencia en un grupo de WhatsApp que en una sesión de ayuda psicológica. Cuando nadie responde, uno no sabe qué hacer: si acarrear el trabajo solo o seguir esperando. Y lo peor quizá viene cuando te topas con esos personajes que solo dicen “ok”, o los que nunca están de acuerdo, o los que se pasan de intensos, o los que siempre salen de fiesta los fines de semana y nunca pueden reunirse por estar ahogándose en alcohol, mientras uno se ahoga en pensamientos como “irresponsables de mierda”.

La primera vez que me amanecí por algún pendiente de la universidad fue por una tarea grupal del curso de Filosofía, que se tenía que presentar al día siguiente. Nadie se interesó lo suficiente como para convocar una reunión por el chat grupal días antes; hago mea culpa. No todos se conectaron al Meet de las nueve de la noche. A la una de la madrugada, el trabajo aún no había terminado.

Quizá, si ChatGPT ya se hubiera desarrollado o si todos se hubieran conectado, hubiéramos acabado más rápido. Recuerdo estar con los ojos pesados, los pies helados y pensar que esa sería la única noche que tendría que alterar mis horas de sueño por algo de la universidad. Qué equivocado estaba.

En estos cinco años de universidad pasé por todo en cuanto a grupos de trabajo se refiere. Lo más detestable quizá fue echarme la culpa con una profesora porque uno de mis “amigos” no había hecho su parte de la tarea y yo había “olvidado” poner su nombre en la carátula. Todos los del grupo se enojaron conmigo y me decían que debí incluirlo a pesar de todo.

Mi carácter aún no era lo suficientemente firme y, con más nervio y vergüenza que sangre en las venas, tuve que prender mi micrófono en el Meet que la profesora había preparado exclusivamente para “nuestro caso” y decir: “Sí, profesora, disculpe, yo olvidé poner el nombre del compañero en la carátula, pero sí trabajó, fue mi culpa, lo siento”. Aquel compañero había salido con su enamorada aquella vez y, por eso, no le interesó el trabajo.

La realidad es que, vayas a donde vayas, los trabajos grupales te persiguen. En todo ámbito, si buscas avanzar, siempre debes colaborar con alguien más. No por nada se dice que “los contactos lo son todo”. Trabajar en grupo exige mucho más que responsabilidad, y eso es algo que nadie te dice. La paciencia y la tolerancia son habilidades que están infravaloradas, pero que sin duda uno tiene que aprender a desarrollarlas.

Pues, en un mundo que te pide colaboraciones constantes para poder cumplir tus objetivos, ser paciente y aprender a trabajar en grupo sin dejar de lado el honor propio y el respeto propio es clave.

El presente artículo fue publicado en la Revista Punto y Aparte en 2025. En esta oportunidad Pancarta.pe apoya con su publicación de los trabajos estudiantiles, en coordinación con el jefe de prácticas Gustavo Callapiña, de la Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA).

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