Las Cartas de ‘Lu’: La tristeza y la alegría viajan en el mismo tren

Tras la partida de Israel, su primer amor, la autora reflexiona sobre la pérdida, el duelo y la transformación que deja la ausencia. En un relato íntimo, descubre que la muerte no solo arrebata cuerpos, también cambia a quienes permanecen. La tristeza y la alegría, al final, siempre viajan en el mismo tren.

Nuestro primer beso fue mientras estábamos en el colegio. No formalizamos nada hasta mi ingreso a la universidad.

Los 6 años con Israel fueron maravillosos, aunque sin muchas pretensiones porque éramos jóvenes sin dinero. Ahorrar sol a sol para nuestra cena de cada fin de semana, nos hizo valorar todo, nos dio complicidad y aumentó nuestro amor. Israel fue mi primer deseo consciente sobre formar un hogar. Mi primera prueba de embarazo. Pensamos juntos los nombres para los hijos que tendríamos. Ana, como su mamá, y Camila porque a mí me encantaba. Y Fabián que más adelante se convertiría en Facundo porque una tarde nos quedamos fascinados escuchando a Facundo Cabral.

Es raro tenerme aquí hablando de él, cuando nuestra relación acabó hace más de 10 años. Ya no me siento enamorada. En nuestra última conversación estoy segura de que él tampoco lo estaba. El amor apasionado que sentimos de pareja se elevó a uno más tierno y con mucho más respeto.

El motivo para hablar de él en esta ocasión ya no es sobre nuestro amor, sino sobre su partida. Tan rápida y repentina, que aun habiendo pasado 2 meses, es imposible de creer. Haber acompañado a sus padres en el proceso fue muy doloroso, pero es algo que hice con todo el amor que pude.

Sus papitos me encargaron unos videos para su misa de mes. Querían hacerle un homenaje y quedamos en que recibiría todos los archivos audiovisuales para armar la pieza. No quería hacerlo. Me iba a doler. Empecé a procrastinar: cada vez que veía sus fotos de pequeño o escuchaba su voz en algún video se me partía el corazón y me echaba a llorar.

Una noche decidí cumplir con la tarea. Estaba en la casa de mis papás, con una copa de vino y el silencio de la cocina como única compañía. Abrí los archivos y dejé que el tiempo se desplegara frente a mí. En los videos, Israel reía, hablaba, tocaba la guitarra. En las fotos, su sonrisa parecía la misma de siempre, pero ya no tenía cuerpo, ni voz, ni presencia. Solo imagen.

De pronto, el vino dejó de ser consuelo y se volvió espejo. Sentí cómo me ardía la garganta, cómo el pecho se me apretaba y la nostalgia se volvía insoportable.

Ya no pude más. Cerré la laptop. Me quedé quieta un rato, respirando con dificultad. Hasta que el llanto se me escapó sin permiso. Lloré por todo lo que fuimos, por lo que no alcanzamos a ser, por el cariño que aún se resistía a irse.

Y entonces llamé a mi mamá, hace mucho no lo hacía. No le dije nada, solo le pedí un abrazo.
Ella llegó, me envolvió entre sus brazos y, en ese silencio compartido, entendí algo que no había querido ver: que la muerte no solo se lleva a quien amamos, también nos convierte en personas distintas; más frágiles, más suaves, más conscientes de lo efímero que es todo.

Pasado ese momento, ahora lo recuerdo con calma, con nostalgia, con pesar, pero sin tanto dolor.

Creo que tengo claridad sobre la muerte, la respeto, pero también la odio. La respeto porque sé que en algún momento vendrá por las personas que amo, y por mí. Y la odio por el dolor que causa. La odio porque es algo que no puedo reparar, ni con amor, ni con dinero, ni con tiempo, ni pidiéndole a Diosito que lo haga.

No puedo, aunque quisiera, regresar a Israel un ratito para que sus papitos lo vean y se les vaya un poquito más la pena. No puedo, aunque quisiera, regresarlo para que sus sobrinos lo abracen por última vez o para que dé unas palabras a todos sus alumnitos, que también quedaron tristes.

Todo alrededor de la muerte es feo, pero es necesario hablar de ello porque al final todos moriremos.

Posdata: No hay mejor canción que “Cerca de las Vías” de Fito y Fitipaldis para acompañar el final de tu lectura.

“Yo he crecido cerca de las vías y por eso sé que la tristeza y la alegría viajan en el mismo tren. ¿Quieres ver el mundo? Mira, está debajo de tus pies”

Cerca de las Vías, Fito y Fitipaldis

Sobre la autora:

La autora se revela como una profunda sensibilidad, marcada por una capacidad innata para amar con intensidad. Su voz es íntima y brutalmente honesta, con una prosa profundamente humana. Se nos presenta como una figura misteriosa que prefiere mantener su rostro oculto, sin embargo su escritura es un acto de valiente desnudez emocional.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *