Las Cartas de ‘Lu’: Cierra los ojos y piensa algo bonito

Un cumpleaños que terminó convertido en despedida. Este relato reconstruye el duelo por la muerte inesperada de un amigo, la culpa que acompaña la ausencia y la memoria como único refugio posible. Una reflexión íntima sobre el amor que permanece cuando el cuerpo ya no está.

Arnold y yo planificábamos mi cumpleaños. Él estaba emocionado. Me pidió que invite a una amiga mía a la fiesta, pues le gustaba. Cabe decir que fue la primera vez que dejé deliberadamente que me organizaran un cumpleaños; era una época donde me resistía a recibir el amor.

Llegó el día de encontrarnos y no apareció. Luego de llamadas, mensajes y audios «puteando» su actitud en modo «¿por qué me plantó en mi cumpleaños?», decidí no insistir y escuchar sus «porqués» más adelante.

Aquel viernes fue genial; con mis amigos nos encontramos en el bar de un hostel, nos divertimos mucho; había ambiente de felicidad y mucha gratitud. Pero Arnold no llegó.

Al día siguiente —sábado— viajé a la casa de mis padres a pasar el fin de semana con ellos y también celebrar mi cumpleaños. La reunión fue tranquila porque 24 horas después tenía que retornar a casa.

El domingo, antes de embarcar, subí al tercer piso con dos tachos de ropa sucia para lavar. Puse música de resaca. Separé la ropa blanca de la de color. Puse una parte en la lavadora y, mientras tanto, llegó una notificación de mensaje a mi celular:

— Hola, comunícate conmigo, por favor.

Era Nilda, una amiga suya (yo nunca había conversado con ella, pero la conocía). Me dejó un número e insistió en que, por favor, la llamara.

Arnold había fallecido aquel viernes.

Cada vez lloro menos cuando lo recuerdo, pero ese día no sabía qué hacer con mi corazón.

Arnold vivía solo y era necesario que alguien le dé la noticia a su familia.

Su hermana y yo habíamos estudiado juntas en el colegio, y en aquel momento estaba embarazada. Papá me ayudó. Nos comunicamos con su pareja y le pedimos que nos dé alcance en el hospital (por si algo pasara con ella o el bebé).

Marilyn llegó, me abrazó fuerte y, sin haberle dicho lo que sucedía y sin imaginarlo, en un acto de empatía que revela la nobleza de su corazón, lloró junto a mi.

Le dije al oído lo que pasó; y así, abrazadas, su empatía se transformó en dolor. Sentí clarito cómo al darle la noticia le rompía el corazón.

Arnold era proactivo, comprometido; apostábamos por nuestras ideas: salir a la calle a repartir almuerzos, recolectar víveres para armar canastas y entregarlas en Navidad. En épocas de lluvia comprábamos ponchitos de plástico y se los dábamos a la gente que trabajaba en la calle. Ya cumplió 9 años en el cielo; sé que está bien. Sin embargo, aún sueño con él, pido su protección, le cuento mis historias.

«Cierra los ojos y piensa en algo bonito» es una frase que nos repetíamos cuando teníamos momentos tristes. Él vivía solo, como yo, y había momentos donde únicamente necesitábamos un espacio para estar; no resolver, simplemente estar y permitirnos sentir sin juzgar.

Tenerlo en mi vida era ese espacio para mí. Y todavía, cuando cierro los ojos, intento encontrarlo ahí.

Te invito a cerrar los ojos, pensar en él conmigo, imaginarlo, mientras de fondo escuchamos juntos: 

Niño, apoyate en mis recuerdos, intentá dormir en paz
Siento el peso en tu conciencia por el llanto de mamá
Vi que el miedo al abandono no te deja respirar
Siento el nudo de tu panza cuando te hablan de papá

Niño, haz las paces con la vida, no es de piedra el pastizal
La nostalgia de tu antes no te deja caminar
¿Quién mató tu sonrisita de ilusión y de bondad?
Sé que te querés dormir pa’ no volver a despertar

Niño de Milo J, definitivamente estaría en nuestra playlist.

Sobre la autora:

La autora se revela con una profunda sensibilidad, marcada por una capacidad innata para amar con intensidad. Su voz es íntima y brutalmente honesta, con una prosa profundamente humana.

Un comentario

  1. Hola, soy Marilyn y recuerdo claramente ese día y el dolor de su ausencia nunca se fue. Arnold, mi hermano, me enseñó desde pequeña el verdadero amor, crecimos juntos con mi abuelita (sin nuestros papás) y rodeados de ese amor noble que se reflejaba en cada acción pequeña de desprendimiento aun con lo poco que teníamos. Él era un auténtico ángel en la vida de todos los que lo conocieron. Agradezco el tiempo que compartimos y ese gran amor que nos teníamos lo reflejo hoy en mis niñas, porque el amor de hermanos es incomparable 🥹. Gracias Lu por este recuerdo, sé que Arnold desde arriba se alegra de cada uno de tus logros y de tu crecimiento, no dejes de vivir plenamente y amar a los tuyos, un abrazo 🤗.

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