
La primera película LGTBI que vi fue Boys Don’t Cry. Nunca terminé de verla la primera vez. Me generó demasiado miedo. Sospechaba que algo de lo que sentía el protagonista trans también lo sentía yo, y temía que me pasara lo mismo: que me castigaran, que me torturaran, que me mataran por ser quien soy. Con los años pude verla completa, y fue una experiencia visceral. Duele ver cómo la vida de Brandon Teena, un joven trans, termina en un crimen de odio brutal. Duele, porque esa historia, aunque ambientada en Estados Unidos, podría haber ocurrido —y sigue ocurriendo— en cualquier país de América Latina.
Después de esa película vi muchas películas con personajes LGTBI y, casi siempre, el final era trágico. Las personas trans morían, eran ridiculizadas o convertidas en caricaturas grotescas. Muy pocas veces había hombres trans en pantalla, incluso en los festivales de cine LGTBI, la representación es mínima.
Estudiar Comunicación me ayudó a entender que el cine no solo entretiene: construye imaginarios, moldea percepciones y puede perpetuar estigmas o derribarlos. Por eso, estos últimos años me involucré más en el cine. Porque las historias importan, y las imágenes que consumimos influyen en cómo una sociedad mira —o deja de mirar— a quienes considera diferentes.
Hoy, el contexto político del Perú nos exige prestar mayor atención a las imágenes que consumimos y las narrativas que definimos. En febrero de 2025, la ex presidenta Dina Boluarte declaró que no permitiría que “ideologías de género” se enseñen en las escuelas, aduciendo que los niños no deben “ser confundidos”. En el Congreso, además, se presentó un proyecto que busca eliminar los materiales escolares que tratan sobre igualdad de género bajo la premisa de que contienen una “ideología de género”.
El año pasado, en mayo de 2024 el Ministerio de Salud publicó un decreto que clasificó expresiones de identidad de género como “trastornos mentales” dentro del Plan Esencial de Aseguramiento en Salud (PEAS), lo que generó amplias protestas a nivel nacional y se convirtió en un escándalo a nivel internacional. Semanas después, la misma cartera aclaró que no consideraba las identidades trans como enfermedades; sin embargo, el decreto sigue vigente y muchos activistas lo interpretan como un retroceso en la institucionalidad de derechos humanos para las personas trans.
A este panorama se suma la aprobación de la Ley 32331 en mayo de 2025, denominada “Ley que fortalece el derecho a la indemnidad sexual de los niños y adolescentes”. Su artículo 5.1 prohíbe que las personas cuyo “sexo biológico” no coincida con el servicio sanitario correspondiente usen ese baño público, con excepciones muy limitadas para casos de emergencia o acompañamiento. Además, la norma modifica el artículo 183 del Código Penal, ampliando las sanciones por exhibiciones o contenidos que puedan “afectar el desarrollo sexual” de menores, lo que genera un riesgo de interpretación que podría censurar expresiones de diversidad o incluso criminalizar a personas trans por usar baños acordes a su identidad de género. Organismos como Human Rights Watch han advertido que esta ley, lejos de proteger a la niñez, institucionaliza la transfobia bajo el discurso de la moralidad y la protección sexual.
Todo esto ocurre en un país donde los crímenes de odio casi nunca se investigan y donde ser una persona trans sigue siendo un riesgo. En Arequipa, por ejemplo, algunos grupos conservadores intentan derogar ordenanzas municipales que promueven la educación sexual integral o la igualdad de género, bajo el argumento de que “se impone una ideología”. Lo que en realidad buscan es reinstalar el miedo y prejuicios.
Por eso es tan importante mirar el cine. No el cine que reproduce estereotipos, sino el que nos permite comprender la complejidad humana detrás de cada identidad. Este fin de semana, en Arequipa, se realizó el OUTFEST, una muestra de cine de la diversidad que, en medio de tanto retroceso, se vuelve un acto político. Ver estas películas es mirar lo que muchos no quieren ver: nuestras vidas, nuestras familias, nuestras esperanzas.
El cine diverso incomoda a quienes quieren mantener el control del relato. Incomoda porque humaniza. Porque muestra que las personas LGTBI no somos una amenaza, sino parte de esta sociedad: trabajamos, estudiamos, soñamos, amamos. Queremos ser felices como cualquiera, pero debemos cargar con el estigma y el rechazo que nos limita el acceso a la salud, la educación, el empleo y la vivienda.
El problema no es solo la ignorancia, sino la decisión política de mantenerla. Lo que se desconoce, asusta. Y lo que asusta, se busca eliminar. Por eso la censura, la desinformación y el ataque a los espacios culturales van de la mano con los discursos de odio.
El cine, sin embargo, puede romper ese ciclo puede ayudarnos a reconocernos en el otro, puede enseñar sin sermonear, puede emocionar sin moralizar. A entender que las personas trans y LGTBI no somos “una minoría ideológica”, como dicen algunos congresistas, sino ciudadanas y ciudadanos con derechos. Y cuando las personas LGTBI contamos nuestras propias historias, el resultado es poderoso. Películas que nacen desde la empatía, la resiliencia y la ternura. Historias donde no somos víctimas eternas ni personajes secundarios, sino protagonistas de nuestras propias vidas.
Ver cine diverso latinoamericano hoy, en este Perú polarizado y conservador, no es un simple pasatiempo: es un acto político de memoria, de empatía y de resistencia.
Sobre el autor:
Bruno Montenegro (Él) es un hombre trans arequipeño, comunicador y director audiovisual. Fue reconocido como defensor de derechos humanos por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos del Perú en 2019. Es director de proyectos en Fraternidad Trans Masculina Perú y director de comunicaciones de la REDCAHT, donde lidera iniciativas sociales y regionales en favor de la salud y los derechos trans en América Latina. Estudió Comunicación en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA) y cuenta con amplia experiencia en incidencia política nacional e internacional, así como en la gestión de proyectos de comunicación con organizaciones sociales dentro y fuera del país. Apasionado por el cine y el ciclismo, utiliza el arte y la comunicación como herramientas para visibilizar realidades diversas, promover la empatía y transformar narrativas sobre las identidades trans en el Perú y la región.