Palabras de un Nadie. El peso de las vacas sagradas: una crítica al poder en el arte

En el campo del arte contemporáneo, el concepto de “vacas sagradas” se usa para describir figuras y estructuras de poder que, amparadas en la tradición y el prestigio acumulado, ocupan el centro del espacio cultural e impiden la aparición de nuevas voces. Este ensayo reflexiona sobre ese peso simbólico y sus consecuencias.

Hay campos que parecen tranquilos. A simple vista, nada ocurre en ellos: el pasto es corto, el aire denso, el horizonte siempre igual. No hay ruido ni conflicto, solo una calma persistente que muchos confunden con equilibrio. Pero basta quedarse un poco más para notar que esa quietud no es descanso, sino detención.

En el arte sucede algo parecido. Existen espacios donde todo parece ordenado, correcto, incluso respetable. Los nombres se repiten, las voces son reconocibles, las formas ya fueron probadas. Nada se desborda. Nada sorprende. Y, sin embargo, algo no avanza. Algo se queda girando sobre sí mismo, como si el movimiento estuviera mal visto. En ese paisaje hay animales que aprendieron a quedarse arriba. No subieron: permanecieron. El tiempo hizo el resto. Desde esa altura quieta miran el campo entero como si siempre hubiera sido suyo, rumiando un prestigio antiguo, espeso, que ya no crece, pero tampoco desaparece. Son las vacas sagradas. No por fuerza, sino por costumbre.

No avanzan. No retroceden. Se mantienen. Y al mantenerse, ocupan. Su inmovilidad pesa más que cualquier gesto. Alrededor de ellas, el terreno se aplana solo. Las hierbas nuevas no son arrancadas, pero tampoco prosperan. Encuentran obstáculos invisibles, límites no escritos, una resistencia constante que las obliga a torcer el crecimiento, a buscar bordes, a desgastarse antes de florecer.

Estas vacas hablan despacio. Hablan de procesos largos, de madurez, de tiempos correctos. Dicen que el arte no se apura, que la prisa es enemiga de la obra. Lo dicen desde un lugar donde el tiempo se ha detenido y la espera siempre es de otros. No empujan a nadie hacia afuera; basta con que se queden ahí, ocupando el centro, cansando al que insiste, agotando al que intenta avanzar. Son flacas. Flacas de hambre verdadera. Hace tiempo dejaron de crecer. Su volumen es memoria, no impulso. Pero esa flacura no las vuelve livianas: las vuelve rígidas. Y lo rígido, cuando domina el espacio, no solo estorba: limita. No dejan crecer porque crecer implica desplazamiento, y desplazarse implica aceptar que el arte no pertenece a nadie.

Debajo, el campo se llena de cuerpos que dudan. De artistas que bajan la voz, que afinan su arte demasiado y que aprenden a hacer su obra más pequeña para no molestarlas. Se crea con cuidado y se espera la aprobación de esas vacas sagradas. El arte empieza a cansarse. No por falta de ideas, sino por exceso de obstáculos. No por debilidad, sino por desgaste.

Las vacas llaman a eso orden. Lo llaman tradición. Dicen que cuidan el arte. Pero el arte, cuando es demasiado cuidado, pierde fuerza. La tierra que no se remueve se endurece. El terreno donde nada se desplaza termina volviéndose estéril. Y el silencio, tan prolijo, tan correcto, empieza a oler a miedo. Porque hay un miedo que no se dice: el miedo a dejar de ser las únicas. A que el campo se llene de otras formas, otras voces, otros cuerpos. A que el arte ya no gire solo alrededor de ellas. Las vacas sagradas no temen al caos: temen compartir el espacio.

El arte, mientras tanto, sigue como puede. A veces se queda, a veces se va. Busca grietas, bordes, otros terrenos. No espera permiso ni reconoce alturas eternas. Se mueve donde puede respirar. Y cuando abandona el campo inmóvil, deja atrás a quienes confundieron permanencia con derecho.

Porque una vaca que no crece y no deja crecer no protege el arte. Lo limita. Lo cansa. Lo empobrece. Y ningún arte puede vivir mucho tiempo bajo el peso de quienes solo quieren ser ellos.

Sobre el autor:

Editor, escritor, investigador y gestor cultural. Ha publicado artículos en revistas y periódicos nacionales e internacionales. Presidente de la «Asociación Cultural José María Morante» y miembro fundador de la editorial “Camarón Lector”. Director de “Pluma Editorial”, donde publicó colecciones de libros góticos, cuentos clásicos y mitológicos. Ha editado la antología «Camaná, te cuento», «Asociación Rolf Laumer» y participó en la antología «Historia de la Provincia de Camaná». Ha publicado los libros: «Ordinario», «Otro yo», «Salvador», «Camaná: el paraíso», «Galleros de Camaná» y «Camanejo soy». Su fábula «Camarón Tacudo» fue traducida al inglés y quechua. Fue galardonado por el Consejo Regional y el Gobierno Regional de Arequipa. La Municipalidad de Camaná lo distinguió como “Gestor Cultural” y fue condecorado por su trayectoria.

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