
Regresaba del trabajo en un bus, de esos que tomaba todos los días para retornar a casa, y sentí un dolor agudo en el abdomen, como si algo se tensara por dentro. Las voces se empezaron a volver lejanas, el aire espeso, el equilibrio imposible. Alcancé a bajarme como pude; recuerdo un par de jóvenes en una tienda que, sin entender lo que me pasaba, me ayudaron a llegar al hospital, donde horas después perdí la conciencia.
Fue un embrión que se había desarrollado en mi trompa de Falopio y, al crecer en un lugar que no podía contenerlo, la desgarró. Lo supe después. En ese momento solo había un dolor indescriptible y una hemorragia interna avanzando con la discreción mortal de lo que no se ve.
Llegué al hospital sin diagnóstico. Pasé horas suspendida en una camilla, entre exámenes que no arrojaban respuestas claras y un dolor que no cedía. Nadie hablaba aún de embarazo. Nadie pronunciaba la palabra ectópico. Fue una enfermera quien empezó a sospechar; llamó al ginecólogo de turno mientras yo me desvanecía por momentos, entraba y salía de una conciencia borrosa mientras mi cuerpo seguía perdiendo sangre.
Después del quirófano, desperté sin entender del todo dónde estaba. Fue durante la recuperación cuando me explicaron que había tenido un embarazo ectópico, que la trompa se había roto y que habían tenido que practicar una salpingectomía para detener la hemorragia. Me dijeron también que, de haber tardado diez minutos más, la sangre habría llegado al cerebro.
Esa cifra me ha acompañado durante años como una unidad de medida distinta, una forma nueva de calcular la fragilidad. La cicatriz fue larga, cerrada con 26 puntos que durante años dibujaron un relieve tenso sobre mí. Veintiséis pequeñas marcas que no solo cerraban una herida física, sino que inauguraban una conciencia. Hasta entonces yo no sabía que un embarazo podía instalarse fuera del útero, no sabía que podía confundirse con gastritis, no sabía que un dolor persistente dejaba a la luz la remota posibilidad de perder mi vida.
Con el tiempo, el cuerpo cicatriza, pero la memoria aprende. Hay algo que acompaña esta historia y tantas otras sobre estos temas: el miedo, como mujer, a ser juzgada. A que alguien sugiera descuido, irresponsabilidad, mala decisión, etc. Como si el cuerpo femenino tuviera que justificarse incluso cuando falla un mecanismo biológico que escapa a la voluntad. El embarazo ectópico no es una falta moral, es una condición médica que puede ocurrirle a cualquier mujer que tenga trompas, a veces asociada a factores previos, a veces sin explicación clara. Hasta el día de hoy, los médicos no me han precisado la causa.
Durante mucho tiempo guardé esta experiencia en un espacio íntimo, hasta que en un círculo de mujeres dibujé mi silueta y bordé mi cicatriz en un lienzo con hilos de colores, uno por cada punto, rodeados de flores. Escribí qué era un embarazo ectópico, advertí que no siempre presenta todos los síntomas, que el dolor no debe subestimarse. Vi a otras mujeres, de diversas edades, detenerse, leer y abrazar. Comprendí que compartir no era exponerme, era ampliar el margen de prevención.
Escribo esto en el Mes de la Mujer porque la salud sexual y reproductiva no puede depender de la intuición de una enfermera ni del azar de llegar a tiempo a un hospital. Necesita educación clara desde la adolescencia, protocolos que contemplen incluso lo poco frecuente, profesionales que no descarten el dolor femenino como exageración, políticas públicas que entiendan que lo poco común también mata.
Escribo para prevenir, porque cuando una mujer pierde el conocimiento en un bus sin saber que se está desangrando por dentro, la estadística deja de importar. Lo único que importa es que alguien haya oído antes esa palabra, que alguien sepa unir los síntomas, que alguien insista diez minutos antes. Lo que no nos enseñaron puede costarnos la vida. Lo que compartimos puede salvarla.

Sobre la autora:
Gabriela Alosilla Martínez es la directora de Biblioteca de la Junta Directiva del Colegio de Periodistas-Filial Departamental de Arequipa. Comunicadora social y periodista con 15 años de experiencia. Ha sido consultora en prensa y comunicación para diversas organizaciones, incluyendo la Cámara de Comercio e Industria de Arequipa (CCIA), Perumin, Feria Internacional del Libro, Hay Festival, entre otros. Actualmente, es editora de la revista Cámara AQP de la CCIA y promotora de lectura en la Red de Bibliotecas de la Confianza. Integró el libro “Ser comunicadora: 20 voces de la comunicación”, que reúne a mujeres destacadas por su labor en proyectos de impacto social.