
Todo comenzó con la luz temprana del 18 de mayo. Cuarenta y tres almas, coronadas de inviernos y saberes, aguardaban expectantes el inicio de su travesía. Eran los abuelos de Pachía, viajeros de un “Paseo por el tiempo” que pronto se revelaría no como una simple excursión por el Día de los Museos, sino como un peregrinaje hacia sus propios recuerdos. En el interior de los autobuses, entre murmullos tenues y miradas ancladas en horizontes invisibles, aguardaban el inicio de la ruta.
La primera estación fue el Museo Ferroviario Nacional de Tacna. El descenso de los vehículos marcó el compás de la jornada: fue un ritual de pasos lentos, cuidadosos y profundamente reverentes. No había prisa, pues el tiempo ya les pertenecía. Aquel grupo variopinto, tejido por distintas edades más allá de las seis décadas, traía consigo tanto la fragilidad del cuerpo como la incesante curiosidad del que aún desea descifrar el mundo.
Para abrazar cada historia, el grupo se bifurcó como las vías del viejo tren: unos guiados por el ritmo de sus bastones y otros por la cadencia de su sangre. La lengua aimara, dulce y ancestral, comenzó a resonar entre las locomotoras gracias a una intérprete que construyó un puente donde no cabían los silencios. Allí, frente a las reliquias de acero, ocurrió el milagro. Al escuchar a las guías, los abuelos parecieron redescubrir fragmentos de su propia juventud que la niebla de los años había intentado ocultar. Asentían con la cabeza, con los ojos brillantes, atreviéndose a preguntar en breves pausas. Parecían un aula de escuela primaria, con la hermosa excepción de que estos no eran niños, sino viajeros en el sereno ocaso de sus vidas.
Con el alma encendida y tras sellar el momento con una fotografía, el peregrinaje continuó hacia el Centro Cultural Casa Basadre. El patio Olga Grohmann los abrazó con su elegancia de antaño, sirviendo de escenario para que la figura de Don Jorge Basadre reviviera en las voces que traducían su legado al aimara. No eran simples visitantes; observaban con el asombro intacto. Caminaban por los salones maravillados por la arquitectura, algunos deteniéndose ante los retratos sepia como si buscaran en ellos a viejos conocidos, otros intentando descifrar la caligrafía de los documentos antiguos. Aquellos objetos no les eran ajenos; parecían extensiones de su propia existencia, ecos de un mundo que ellos mismos ayudaron a construir.
Una última fotografía capturó sus sonrisas antes de emprender el retorno a Pachía. Mientras subían a los buses, una certeza silenciosa flotaba en el aire de la tarde: el verdadero tesoro no habitaba únicamente en las vitrinas. Integrar a nuestros ancianos en la vida cultural no es darles un asiento de espectadores, sino reverenciarlos como lo que verdaderamente son. Ellos son los portadores de la memoria local, los archivos vivos de la identidad tacneña; los custodios de narrativas, costumbres y saberes que ningún libro académico ha logrado atrapar. Aquel día, los abuelos no solo visitaron la historia, sino que nos recordaron que ellos son la historia misma.

Sobre la autora:
Mery Ramos Choque es comunicadora social por la Universidad Nacional Jorge Basadre Grohmann, artista profesional con mención en teatro por la Escuela de Formación Artística Pública Francisco Laso, egresada de la maestría en Gestión y Políticas Públicas (UPT), especialista en Gestión Cultural (MALI). Tiene más de 07 años de experiencia en comunicación institucional y gestión de proyectos culturales en el sector público y privado. Coautora de los libros: “Tierra Afro: Memorias del proceso” (2021) y “Ser Comunicadora: 20 voces de la comunicación” (2024).