Mi primer avistamiento con ese plano extraterrestre —extraordinario— que es el periodismo cultural fue, por suerte, de la mano de alguien que abrazaba lo underground como lo más popular.
Estaba en mi cuarto año de carrera, casi sin ganas de ir a la universidad. Me aburría el marco cuadrado donde debía encajar todas mis letras: hablar del dólar, del precio del limón, del corrupto de la banda blanquirroja. No
aborrezco el periodismo, pero encontrar una fusión entre mi carrera y mi pasión fue como haber visto el monolito en mi cabeza de tierra de monos.
Cuando el tiempo pasó y ya era casi hora de decir adiós, conocí a un chico de cabello rojo, enamorado de las bibliotecas, el cine y la fotografía. Como Tyler Durden mostrando su barra de jabón al narrador, él me mostró mi
primer medio: un portal digital de noticias culturales que apostaba por dejar huella más allá de la inmediatez.
Yo, que vivía bajo una piedra y sentía que Arequipa me quedaba grande, salí a recorrer ferias, presentaciones de libros, conciertos. Cada espacio me revelaba un fragmento de ciudad que desconocía.
Pronto descubrí la tesis de todo esto: la cultura no es algo que se mira desde un pedestal. No es pulcra, ni cuadrada, ni inhumana. Es el color del cielo de Characato, las casonas de San Lázaro, las grietas del sillar, la música callejera que se escucha en Mercaderes, las manos que pintan, escriben, crean.
Rechazo totalmente la idea de la cultura como un adorno elegante, No quiero ser parte de los “iluminados”, no es un término bonito para quedar bien, ni el último pilar de una agenda de eventos. No es un insignificante vacío. Es memoria.
Aprendí que para hablar de cultura primero hay que amarla. Solo así se encuentra la pasión. Amo que mi trabajo no sea un cartucho que tirar, sino el puente que me permite conocer y fascinarme. Pero también entendí que
la cultura no es suave. En este contexto donde lo mercantil desgasta hasta lo esencial, no hay espacio para la tibieza. La literatura, el arte y la música son resistencia. En este tiempo conocí a personas que apuestan por ella, que a pesar de los mil pendientes, siguen luchando contra lo comercial y lo superficial. Decir adiós es crecer, como dice Cerati. Decir adiós a mi cuna llamada UNSA es lanzarme a un mapa lleno de experiencias necesarias.
Me encuentro cada día con alguien a quien admirar: un chico otaku que escribe best sellers, un soñador que pelea contra quienes quieren que la cultura quede quieta, un artista okupa que vendió millones en España.
Amo las grandes ideas, los ilustradores, las charlas, las miradas de un periodismo cálido y real. FIN.
El presente artículo fue publicado en la Revista Punto y Aparte en 2025. En esta oportunidad Pancarta.pe apoya con su publicación de los trabajos estudiantiles, en coordinación con el jefe de prácticas Gustavo Callapiña, de la Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA).