Gabriel aprendió rápido que en Arequipa se reportea sosteniendo el celular en alto, como un pequeño faro que intenta abrirse paso entre choferes impacientes, gritos de vendedores y un sol que cae sobre el sillar como si quisiera dejarlo todo expuesto. Cada mañana salía de la redacción — un cuarto estrecho en la Av. Goyeneche, con ventiladores que fingían
funcionar— con la batería al 78% y la conciencia un poco más cargada.
Sabía que allá afuera la ciudad no iba a esperarlo. Su jefe, Rivas, siempre le decía apenas cruzaba la puerta: —Tú solo voltea la nota, no te compliques. Necesitamos publicar
más.
Pero Gabriel cargaba otra frase, una que nunca dijo en voz alta por miedo a que lo despidan, pero que sentía como un deber silencioso: “Un reportero tiene que mirar de frente: el tráfico, el ruido, los malos jefes… la corrupción, la delincuencia, en fin una sociedad que se acostumbra a torcer la verdad. Y aun así, tratar de hacer bien su trabajo.”
Ese día transmitía en vivo una protesta en el mercado San Camilo. Sujetaba el celular con ambas manos mientras motos y taxis pasaban a centímetros. La señal se cortaba, el viento
arruinaba el audio, y un turista le preguntó cuánto tiempo iba a demorar la protesta, le habían recomendado los almuerzos que vendían en el mercado.
En medio del caos, una mujer se acercó a la cámara del teléfono y dijo, sin elevar la voz:
—Solo queremos que digan la verdad. Nadie dice nada, ninguna autoridad nos ayuda.
La frase quedó grabada como si hubiera atravesado la cámara. Gabriel terminó la transmisión, respiró hondo y miró alrededor: estudiantes apresurados, policías con el rostro malhumorado,
comerciantes llamando al público. Nada heroico. Solo vida real, de esa que no sale en los titulares porque no vende clics.
Cuando volvió a la oficina, Rivas repitió su típica frase: —No lo escribas tan largo, ¿sí? No te metas en problemas. Pero Gabriel escribió igual: sin adornos, sin ruido, sin recortar lo
incómodo.
No cambió el mundo con esa nota. Ni lo esperaba. Pero algo en él se afirmó, como si una pieza interna hubiera encajado por fin. Esa noche caminó por el Puente Grau con el celular casi descargado. El río murmuraba bajo las luces amarillas, y por primera vez en semanas sintió que era posible hacer periodismo sin traicionarse. Quizá no podía arreglar la ciudad, pero podía mirarla y mostrarla sin miedo.
Y eso —pensó— ya era comenzar bien.