En las últimas semanas, y en esta en particular, el tema más relevante en Arequipa es el enfrentamiento entre las autoridades municipales y los conductores de las loncheritas, pequeñas minivanes que brindan irregularmente y sin permiso alguno el servicio de transporte público a distritos como Alto Selva Alegre, Hunter, el Cono Norte, entre otros.
El inicio de todo ocurrió luego de un enfrentamiento entre los conductores de dichos vehículos, quienes agredieron al conductor de una cúster formal y afiliada al Sistema Integrado de Transportes (SIT).
Tras la pelea, que por poco acaba en una tragedia, fiscalizadores y policías empezaron con operativos para acabar con el llamado transporte “informal”. Se llevaron unas cuantas loncheritas al depósito y la respuesta fue una protesta en el frontis del municipio de Arequipa, exigiendo algo básico para cualquier ser humano: que los dejen trabajar.
Esta realidad refleja algo mucho más profundo de lo que parece. Lo primero que salta a la vista para cualquier ciudadano de a pie es la falta de un sistema eficiente de transporte que pueda cubrir adecuadamente el traslado de personas desde sus hogares a sus centros de estudios o trabajo, principalmente ubicados en el Cercado arequipeño.
Si las loncheritas aparecieron y la mayoría de la gente las utiliza es porque les son útiles. Así sean “informales”, como son identificadas —dándoles un cariz de negatividad—, cumplen una función social ante el desabastecimiento de vehículos formales y un Estado que aún no reacciona ante el crecimiento poblacional que requiere de más vehículos para más personas que ahora, en 2026, viven en la metrópoli arequipeña.
El segundo aspecto a rescatar no está necesariamente a la vista y es la falta de trabajo que obliga a jóvenes y mujeres, padres y madres de familia, a dedicarse a manejar estas loncheritas. ¿O acaso creen que ellos, personas de clase trabajadora, quisieron siempre dedicarse a ganarse la vida manejando estos vehículos? ¿Acaso no creen que, antes de sentarse al volante, buscaron trabajo y no lo encontraron, o si lo encontraron eran trabajos mal pagados y con ingresos que no les alcanzaban para cubrir sus gastos en el hogar?
Lo más fácil sería señalarlos como “informales” e, incluso, como hacen las autoridades, indicar que son un riesgo para los pasajeros. “Sus vehículos no cuentan con SOAT”. “No tienen permiso”. “Son inseguros”, son algunos de los argumentos que dan. Y es cierto, nadie lo niega, pero ninguno de ellos se pregunta: ¿por qué existe este sistema de loncheritas?
Nadie quiere ver el fondo del asunto. Y el fondo del asunto es un sistema que no funciona, o que, si funciona, solo lo hace para beneficiar a los de arriba, a los que ganan más y pagan mucho menos a sus trabajadores.
No hay que ser un mago para darse cuenta de la realidad. Comprobarlo es muy sencillo. Vayan un día por las calles del centro, por San Camilo, por Perú, por Piérola. Allí verán cientos de negocios de todo tipo y a jóvenes trabajando de jaladores, vendedores, mozos, cocineros, etc. Luego pregúntense ustedes, o pregúntenles a ellos, cuánto les pagan por un trabajo de más de ocho horas, si tienen seguro de vida, si acaso tienen un contrato y si les dan vacaciones. La respuesta ya la saben. Entonces, como es lógico, varios de ellos deciden no ser más explotados por otros y convertirse en emprendedores, pero lo hacen desde la carencia, desde la falta de oportunidades que, en una sociedad normal y civilizada, deberían tener.
El problema que vive Arequipa y el Perú entero no se va a solucionar con más operativos, con demonizar y tratar de erradicar a los mal llamados “informales”. El problema es mucho más profundo. El sistema no sirve para las grandes mayorías y, mientras no se ataque ello, seguiremos en lo mismo.
El rol del Estado es garantizar el derecho al trabajo formal y con todos los derechos a todos los peruanos. Ello solo se logrará cambiando nuestra economía de servicios —que es aquella que no produce bienes ni alimentos, sino servicios que satisfacen las necesidades de la población— por una economía productiva que se dedique a la creación y transformación de bienes como alimentos, vehículos y tecnología. De esa manera podremos tener más puestos laborales en trabajos formales. Llegar a ese punto es un largo trayecto. Lo primero es identificarlo, mencionarlo y exigir un cambio de este insostenible sistema que obliga a la creación de trabajos informales no solo en el transporte, sino en todos los sectores laborales.