
Gracias a Mario Vargas Llosa, escritor arequipeño y nobel de Literatura, esta semana Arequipa es, por primera vez, sede del X Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE). Un espacio en el que especialistas de distintos países reflexionarán sobre el presente y futuro de nuestra lengua común.
Más allá de la importancia del evento, y lo que se debatirá en cada conversatorio, panel, y encuentro académico, se nota un cambio en el centro histórico de nuestra ciudad. Se ve policías dirigiendo el tránsito en calles en las que antes era imposible ver a uno. También, si uno camina por los alrededores de la plaza de Armas, notará — a diferencia de otras semana — a más policías municipales haciendo sus habituales rondas. Uno hasta puede caminar tranquilo por la aparente seguridad que transmite la presencia de la autoridad en el espacio público.
Todo ello es positivo, no me malinterpreten. Lo negativo viene – o vendrá- cuando culmine el renombrado congreso. No es una simple opinión, estoy seguro que ocurrirá y hasta podría apostar con quien diga lo contrario. Suele pasar que cuando recibimos visitas relevantes, como la del Rey Felipe VI de España, que participará del CILE, tratamos de mostrar nuestra mejor cara y maquillar nuestra realidad: queremos hacerles creer a los visitantes, que Arequipa es una ciudad ordenada, limpia, segura, y muchos más adjetivos positivos.
Pero cuando acabe el magno evento volveremos a la realidad. Los policías que ahora vemos mañana y noche resguardando las calles y dirigiendo el tránsito mágicamente desaparecerán. El tránsito caótico seguirá siendo el mismo, y volveremos a vivir en estado de alerta mientras caminamos o esperamos la combi para ir a nuestras casas, guardando nuestros celulares para que no seamos víctimas de la delincuencia.
Mientras escribo las últimas palabras de esta, mi primera columna de opinión, mi mente retrocede 10 años. En aquel entonces, mientras estudiaba periodismo en la universidad mi optimismo era mucho más notorio del que hoy tengo. Yo trabajaba de recepcionista en un hotel ubicado en el corazón de Arequipa. Dicho negocio, tenía como principales clientes a turistas extranjeros, principalmente chilenos. Un día uno de ellos, mientras me pedía la llave de su habitación, me dijo: “Arequipa es una ciudad hermosa, tiene una rica comida y bonitos lugares para visitar. Solo tiene dos grandes problemas: el desorden en el tráfico y la basura en las calles”. Estoy seguro que, acabado el CILE, esos problemas seguirán intactos y sin resolver. Como hace 10 años, como hace mucho tiempo.
Adiós.
Sobre el autor:
Gustavo Callapiña Diaz (1996)
Arequipeño. 28 años. Nací el último día del año 1996. Estudié Periodismo en la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la UNSA. Comencé a laborar como redactor de política y sociales en el Diario Sin Fronteras (2019). Trabaje en el Diario El Pueblo (2019-2021) y fui corresponsal para el medio digital OjoPúblico en la región Arequipa. Realicé prensa institucional en el Gobierno Regional de Arequipa (2022), y actualmente me desempeño como gestor de comunicación en la Universidad Nacional de San Agustín y soy jefe de prácticas en el programa de Periodismo de la misma universidad.