
Hace poco más de una semana, asumió como presidente el congresista José María Balcázar, y su elección trae varias reflexiones sobre lo que él representa y cómo las acciones del ahora mandatario también muestran la informalidad del manejo de los poderes políticos y a su vez nos refleja, en parte, como sociedad que acepta y ha normalizado esas malas prácticas.
El último domingo, Punto Final, uno de los programas dominicales periodísticos más importantes de la TV peruana, reveló algo que no debería pasar desapercibido. Balcázar, mientras era congresista —elegido por el voto de los peruanos— presidió la Comisión de Educación en el Congreso y presentó 9 proyectos de ley para crear universidades públicas en distintas regiones del país. Aquí cabe resaltar que cada proyecto de ley por muy similar que sea con el fin que se promueve o se busca, debe tener un argumento legal y sustento propio. Pero eso, como es de suponer no sucedió en este caso.
En dichos proyectos de ley —que finalmente llegaron a ser aprobados como leyes— se encontró burdos “copia y pega”. Mismos argumentos y hasta referencias idénticas en la presentación de proyectos distintos. Es decir, el congresista que es quién formalmente presenta el proyecto de ley no se tomó el tiempo, ni la dedicación, ni el profesionalismo para armar un buen proyecto; sino que prefirió hacerlo a la mala, copiando y pegando los argumentos y el sustento de un proyecto para la creación de una universidad en determinada región y presentarlo también en otro proyecto para crear otra universidad en otra región distinta, con otras características sociales, económicas y académicas.
¿Por qué esto no nos sorprende? Tal vez la respuesta este ante nuestros ojos y lo podemos comprobar. Está en las calles y en el internet. Solo basta salir y caminar por la avenida Independencia o Venezuela, aquí en Arequipa, y notaremos como el plagio, la copia y el promover el facilismo académico ha sido normalizado y ahora hasta es comercializado. La misma realidad se ve en las redes sociales donde se ofrecen los mismos servicios sin vergüenza ni asomo de culpabilidad por algo que es en términos estrictos ilegal. Se hacen trabajos, monografías, informes y tesis a gusto del cliente. Lo único que debes de tener es dinero para pagarlo. Nada más. Aquí no importa que aprendas, que te esfuerces intelectualmente, que sepas como investigar o redactar, no ¿para qué? Si puedes pagarlo y evitarte la “molestia” de pensar, de razonar, de esforzarte para ser un buen profesional.
Y el resultado, visible y a todas luces lo vemos desde los grandes poderes políticos. Si nuestro presidente lo hizo y no le paso nada (seguramente ni le pasará), ¿por qué los demás no lo pueden hacer? Seguramente, eso estará pensando un grupo de jóvenes que hoy estudian en las universidades públicas y privadas de Arequipa y el Perú. Y también otro sector de estudiantes (quiero creer que no pocos) deben estar cuestionándose cómo carajo tenemos un presidente así, y pensando en que el facilismo no es la salida y que jamás quieren llegar a ser como Balcázar.
En palabras sencillas, hemos normalizado el copiar y pegar, el no esforzarnos por hacer un trabajo que valga la pena, ya sea como congresistas, como funcionarios públicos, o como estudiantes.
Pero no es el único caso de nulo esfuerzo intelectual que tiene nuestro flamante presidente. Semanas atrás, también a través del periodismo peruano, se descubrió que Balcázar había utilizado la tesis realizada por su hijo y la presentó como un libro de su autoría y para más concha encima se lo dedicó a su heredero. Faltaba más.
Finalmente, un dato no menor que sirve para perfilar al jefe de Estado es que fue catedrático en la universidad pública Pedro Ruiz Gallo, en la facultad de Derecho.
Esta información, y lo revelado por los medios de comunicación, me traslada a unos años atrás, cuando estudiaba en aulas universitarias y un docente tratando de explicar el vínculo que existe entre universidad y sociedad decía: “la universidad es reflejo de la sociedad: todo lo que vemos que pasa en la sociedad ocurre a menor escala también en las universidades”. Abordar esta problemática desde las aulas es un deber y una obligación si queremos empezar con el cambio para ser una sociedad mejor en todo aspecto. Mencionarlo, aunque sea en una columna de opinión, sea tal vez el primer paso.